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Coto Matamoros deja la cocaína|
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Coto Matamoros da que hablar
Berto Zárate 25/06/2007 |
Coto, coto de caza, caza libre, caza sin presa y sin motivo, tú, genio, el
último entre la estulticia y la telesangre, telebasura, el estiércol
imprescindible para que broten las flores, Coto, Coto Matamoros. De no ser
un hijo de la gran puta serías torero, de no ser calvo tendrías coleta, y
por lo tanto hoy sería el día de tu retirada. O eso dices.
Dices que lo
dejas, que para qué, para qué ya, joder, a estas alturas de la vida, de la
mala vida, la perra vida. Dices que lo dejas y que lo haces por el brillo de
unos ojos que quieren seguir brillando. Treinta y cinco años, muchas noches
empalmadas y días empalmados, y terremotos y rulos y sirenas, bares, putas,
putones, y alguien me puede explicar qué cojones estoy haciendo aquí. Toda
una trayectoria. Un día te sentaste encima de unos labios tan obscenos y
gigantes que no podían dejar de seducirte, y los labios te besaban el culo y
de allí te fuiste al bar, y del bar a la catapulta, y de la catapulta a
Marte, y en Marte entraste como los grandes, como los toreros, torero, con
un ataque cardíaco y una nariz que no dejaba de reírse de todo, de todos, y
sobre todo de ti. Eres un poeta de los pies a la cabeza, un sentimental, y
por eso la vanidad no te cabe en ese corazón tan grande que tienes, y por
eso crees ver a Dios en tu interior, por eso crees ver a Dios en el lado
bueno que predomina en tu corazón, uno de los más grandes y generosos que
has conocido nunca, tú, genio, poeta, cínico cabrón, que te declaras buena
persona además de perdedor incansable. Ese Dios tuyo, ese Dios que llevas
dentro y al que acabas de encontrar, te guía por un camino determinado y tú
dices que vale, que de acuerdo, que por qué no, tampoco parece tan difícil.
Con hombría y con circunstancias, que para eso estamos aquí. Como escritor
eres el único vivo en tu lengua que merece la pena ser leído —salvando quizá
a Rosario Barros—, o escuchado, también, porque todo tú es literatura, cagas
meas y bostezas con más poesía que la primavera que es verano, socabrón,
involutariamente nenufariano e involuntariamente inmortal.
Como influencia,
como Caín, como deidad —también involuntaria—, eres tan extraordinario como
el pestañeo que una vez alcancé a distinguir entre esos ojos tristes que
lubrican lágrimas de acero ante la adversidad. Ahora te han dejado y tú te
cortas la coleta, pero solo un poquito, solo en lo esencial. Lo dices en
Dolce Vita y sin aullar un solo insulto, una sola verdad impertinente de las
tuyas. Y nadie te cree excepto uno, uno muy ingenuo, que es lo
suficientemente ingenuo y lo suficientemente imbécil como para seguir
creyendo en aquello de que perder, de que seguir perdiendo, merece la pena.

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